sábado, 14 de abril de 2018
“Estos collas de mierda, ladrones, corruptos”, fueron algunos de los calificativos utilizados por el “docente” de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM) de Santa Cruz, al referirse a las personas que administran los recursos naturales del país y que, según él, no reparten de manera adecuada las ganancias, y que además se roban la plata.
Este profesor, orgullosamente cruceño, descendiente del “Gran Rector Herrera” y lugareño del hermoso municipio de Buena Vista, no contaba con que uno de sus estudiantes, varios de ellos, lo estaban grabando mientras desarrollaba su jocoso alardeo. El audio se viralizó en las redes y provocó el estupor de gran parte de los bolivianos que cuestionaron los dichos del “catedrático”, y lo calificaron como racista y discriminador.
Y aunque el hecho no es novedoso, es útil para replantearnos varias preguntas para que el futuro deje de repetir el pasado: ¿cuántos de estos docentillos engrosarán las filas de nuestras universidades? ¿Serán parte de la mayoría de la población docente o éste es más bien un caso aislado? ¿La UAGRM será de las pocas universidades que no realiza un adecuado control de calidad de sus docentes o esto también pasa en el gran conjunto de las universidades públicas y privadas? ¿Existirán mecanismos efectivos de evaluación docente en las universidades o simplemente están ahí como un requisito administrativo?
A priori parece que, nuestro nivel de educación se puede sintetizar; es decir, que refleja lo mayoritario pero no la totalidad, en que nuestros estudiantes egresados leen y escriben pero no piensan, como aquel que sabe mirar pero no ver, oír pero no escuchar. El sistema universitario es incapaz de reinventarse y educar, porque hoy la educación superior, la educación en general se ha convertido en una mera formalidad. De ahí que es posible que los doctores y magísteres pronuncien las diatribas que el común denominador de nuestra sociedad.
Los síntomas de este sistema putrefacto son evidentes; la existencia de roscas y de amiguismos en los círculos de docentes en las universidades. Pero como en el país, se ha naturalizado la existencia de pequeños grupos de poder que hacen y deshacen en las universidades, jugando con el futuro profesional de los jóvenes en particular, y con el futuro de nuestro país en general.
La evaluación docente pasa por cumplir requisitos administrativos, formalidades. Por ejemplo, si el docente cumplió con sus horarios de manera precisa y nunca faltó, por más que sea un pésimo docente, ¡queda! Basta con que haga horas culo en el aula, sentado escuchando las exposiciones de los estudiantes, que acuciosamente son planificadas para calzar perfectamente con el tiempo justo del “semestre”.
Así el docente se limita a hacer repetir lo ya dicho, claro, como en cualquier trámite basta seguir el conducto regular y cumplir plazos. En esos aspectos se condensa la calidad de nuestra educación.
Sin embargo, es evidente que, como agujas en pajar, hay pocos docentes, por aquiescencia impopulares, que hacen investigación docente, que escriben, que publican, interpelan y obligan a pensar, que además participan en foros nacionales e internacionales tratando de actualizarse permanentemente para impartir conocimientos de manera responsable y coherente. Son poco queridos los cates que exigen un buen rendimiento a los estudiantes, y así estos últimos se convierten también en cómplices de la agonía del sistema de educación superior.
La ley del mínimo esfuerzo prevalece en nuestra sociedad. Lo alarmante es que esta situación no va a cambiar de la noche a la mañana pues pasa por un cambio de mentalidad y de actitud, lo horripilante es que eso ya lo sabemos. Si no somos coresponsables con este cambio seguiremos siendo una sociedad corrupta, sin valores y destinada a la mediocridad, a ver cuándo nos da la gana de empezar.
Jorge Dulon Fernández es administrador público y cientista político.
Jorge Dulon Fernández es administrador público y cientista político.

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